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martes, 30 de agosto de 2016

Reflexión #5 - Vacíos e inseguridades.

"Llorar está bien." La de veces que he oído eso, pero sinceramente, opino que a veces está ben, otras llorar es bastante mierda. Como cuando ni siquiera sabes por qué estás llorando. Estás con una persona, y de golpe empiezas a llorar, y siempre te preguntan a ver qué te pasa. Puede que lo sepas, puede que no, o puede que simplemente lo sepas pero no sepas expresarte correctamente.
La de veces que me ha pasado esto... No os hacéis a la idea. Por eso personalmente, prefiero escribirlo.

¿Alguna vez os habéis sentido solos? Me explico: puedes estar con tus amigos, con tu pareja, con quien quieras, pero a la vez te sientes sola. Notas como que tienes un vacío en tu interior, como que te falta algo... A mí me pasa más de lo que os podéis creer, y es jodido porque a ver cómo se lo explicas a tus amigos: "Oye, verás que es que aunque estés conmigo aquí, pues me siento sola, te juro que no estoy loca...". ¿Cómo explicas que además de sentirte sola, eres súper insegura? Y más cuando eres un pilar para una amiga tuya, eres quien evita que se derrumbe. Pues sencillo: no lo explicas, te lo callas, no dices nada... Me dirás que hacer eso no está bien, pero ya lo sé, no necesito lecciones de vida, créeme, ya he pasado por mucho.

Lo peor es que esta inseguridad está ahí en todos los ámbitos. Amistad, relaciones con otras personas, pareja, estudios, familia... Siempre sientes que tu pareja encontrará alguien mejor que tú con quien pasar el tiempo, alguien mejor a quien amar, y que tú te quedarás ahí viendo cómo tu corazón se rompe más por momentos. Ves que todos los planes que tenías hechos a futuro no se van a cumplir. Ves que tú le das mucha importancia a un teme en concreto, pero que tu pareja no le da apenas importancia porque en ese momento está haciendo otras cosas. Y en ese momento empiezas a pensar que sobras, que molestas, que igual eres demasiado pegajosa y romanticona y mentalmente te prometes no volver a mostrar esas emociones ni esos pensamientos. ¿Qué pasaría si piensa que vas muy rápido o que tienes la cabeza en las nubes?

Así que, ¿cuál es la solución a estas movidas? No me digáis que la solución es estar bien, porque no es tan sencillo. 


"Hola buenas a todo el mundo, el blog sólo estaba descansando, no estaba abandonado, lo juramos. ¿Qué tal peques? Ya sabéis que cualquier cosa que queráis podéis dejarla en los comentarios preciosos del blog, en la página de Facebook, a través de nuestro Twitter o como siempre a través de nuestro correo electrónico: peleonasconconverse@gmail.com
Esta reflexión ha sido traída a vuestra manitas por la gracia de La Loca de Las Converse."

domingo, 7 de junio de 2015

Respira.

Mis pulmones se expanden y comprimen lentamente, el aire que entra en mi cuerpo lentamente es frío, seco como el ambiente. Siento cómo recorre mis pulmones y sale por una pequeña comisura de mi boca, suficiente para poder crear una nube y empañar el cristal en el que estoy apoyada. La pequeña columna de aire que sale de mi boca, que normalmente, es imperceptible para mis ojos y, que, ahora, gracias al frío, puedo ver, dura muy pocos segundos, los necesarios para empañar la ventana y desplazarse unos milímetros hasta hacerse invisible y fundirse con el ambiente.
El pequeño espacio de esa gran ventana que se ha empañado con mi respiración, al igual que la nube, permanece durante un tiempo limitado, aunque algo más prolongado, tiempo que utilizo para escribir con mi dedo índice dos signos, símbolos, formas. Pero al igual que todo lo anterior, acaba desapareciendo, aunque, no del todo, porque queda una sutil marca que sólo es visible en ciertos momentos.

Sin darme cuenta, mis párpados van cayendo, lenta y sutilmente hasta cerrarse por completo. Mi respiración se vuelve profunda, pero sigo sintiendo el aire entrando y saliendo de mis pulmones. Los sentidos se agudizan, y empiezo a percibir los sonidos que me rodean: el tintineo de la pequeña campana situada tras la puerta corredera, envejecida por los años y la humedad de los mundos por los que se mueve; ese pequeño sonido, tan dulce y agudo, provoca que mis pensamientos, mis pequeños sueños y recuerdos se desplazan por mi mente como la última hoja que cae de un árbol y viaja, arrastrada por las frías ráfagas de viento, y atrapada por una corriente de aire caliente que anuncia el fin del otoño y la llegada del gélido invierno.
Los pensamientos se vuelven tan profundos y fuertes que comienzo a sentir los suaves y cálidos labios de mi madre en la frente, seguido de aquel cosquilleo en la tripa, parecido al que sientes cuando besas por primera vez a la persona que amas. Ese último beso antes de marchar. Seguidamente empiezo a sentir un dolor agudo, un dolor que recorre todo mi cuerpo dejando un mal-estar general que provoca que mis músculos se empiecen a tensar y agarrotar; recuerdo entonces un momento de mi infancia en el que una pequeña pero muy afilada uña de un gato atravesó, capa por capa, mi piel, llegando hasta la blanda y débil carne de mi dedo índice. Entonces, como en el pasado, una fuerza empieza a apoderarse de mi, llegando hasta mi pecho y pasando por las cuerdas vocales, saliendo, finalmente, con un grito ahogado, lleno de rabia y dolor.

Todo en mi mente se detiene, los pensamientos y recuerdos dejan de viajar y todo se vuelve negro; mi mente queda vacía y despierta, pero mis ojos permanecen cerrados, sin poder abrirse. Mi respiración empieza a ser más rápida; el escaso aire que entra en mis pulmones se hace insuficiente y con cada respiración me pongo más nerviosa. Mi cuerpo permanece inmóvil, los músculos, todavía agarrotados, se contraen, mis párpados siguen cerrados, sin poder levantarse, y los ojos, que hasta entonces podía mover, fijan su posición en un punto inexistente.

Un sólo recuerdo vuelve a mi oscura y vacía mente; en este momento la respiración vuelve a ser la misma que al principio, profunda pero sutil. Unas palabras se empiezan a escribir por toda mi mente, ocupando cualquier espacio en el que antes había imágenes. Esas palabras que un día provocaron la misma reacción en todo mi ser. Unas palabras acompañadas de un gesto, sutil, pero muy significativo y suficiente para provocar, él solo, la parálisis de un cuerpo lleno de vida.
Mis ojos empiezan a llenarse de lágrimas, pero solo una encuentra el camino de salida. Cae. Lentamente se desliza por mi fría piel, dejando a su paso un rastro húmedo, mojado de un líquido transparente y algo salado. Avanza pasado por mis pómulos y cuando llega a las mejillas comienza a dibujar una diminuta curva causada por la inclinación de mi cabeza, aún apoyada en la ventana; curva que termina en mi boca, llenándola de ese líquido salado...

Continuará....
La Rubia Peleona